Medir mejor para financiar mejor: el papel de los datos en la economía de impacto 

Desde SpainNAB seguimos con interés las iniciativas que contribuyen a fortalecer las capacidades de medición, gestión y comunicación del impacto, especialmente aquellas que abordan retos estructurales del ecosistema como la calidad de los datos, la interoperabilidad o la generación de evidencia para la toma de decisiones.

Los espacios de datos son una de las innovaciones que están emergiendo en este ámbito, al plantear nuevas formas de colaboración y gobernanza de la información. Por ello compartimos la siguiente reflexión, que explora su potencial aplicación en el ecosistema de impacto y el ámbito social.

Del dato aislado a la evidencia compartida: qué aporta un espacio de datos al ecosistema de impacto 

La economía de impacto ha avanzado mucho en los últimos años. Cada vez hablamos más de inversión de impacto, financiación basada en resultados, alianzas público-privadas, innovación social, transparencia y transformación sistémica. Pero hay una pregunta que sigue siendo clave: ¿tenemos datos suficientemente sólidos, comparables y trazables para saber qué impacto estamos generando y cómo orientar mejor los recursos? 

Medir impacto no es solo una cuestión técnica. Es una cuestión de confianza. Confianza de las entidades sociales en que la información que recogen no servirá únicamente para justificar proyectos, sino también para aprender y mejorar. Confianza de financiadores e inversores en que los recursos se orientan hacia intervenciones capaces de generar resultados relevantes. Confianza de las administraciones públicas en que las políticas y programas se apoyan en evidencias. Y confianza de la ciudadanía en que el impacto social no se declara solamente, sino que puede observarse, analizarse y explicarse con rigor. 

En ese punto, los datos se convierten en una infraestructura esencial para la economía de impacto. Pero no cualquier dato sirve. No basta con acumular indicadores, informes, memorias o bases de datos. Para medir mejor y financiar mejor necesitamos datos con contexto, calidad, trazabilidad, comparabilidad y propósito. Necesitamos saber qué se ha hecho, con quién, en qué condiciones, durante cuánto tiempo, qué resultados se han observado y qué cambios se mantienen en el tiempo. 

La gran cuestión no es solo si el sector social tiene datos. Muchas entidades ya los tienen. La pregunta es otra: si esos datos permiten construir evidencia útil para tomar mejores decisiones. 

Qué hace diferente a un espacio de datos 

Aquí es donde los espacios de datos pueden aportar un valor diferencial. Un espacio de datos no es una gran base de datos centralizada ni un almacén donde distintas organizaciones depositan información sin más. Tampoco es simplemente una plataforma tecnológica para subir ficheros. 

Un espacio de datos es un ecosistema gobernado que permite que distintos actores puedan describir, conectar, compartir, intercambiar o reutilizar datos bajo reglas comunes de acceso, uso, seguridad, trazabilidad, interoperabilidad y soberanía. 

Dicho de forma sencilla: un espacio de datos no pide a las organizaciones que “entreguen” sus datos. Les ofrece un marco para decidir cómo, cuándo, con quién, para qué y bajo qué condiciones esos datos pueden ser utilizados. 

Esta diferencia es muy importante. En la economía de impacto, los datos suelen estar distribuidos entre muchos actores: entidades sociales, financiadores, administraciones, empresas, evaluadores, plataformas tecnológicas o redes sectoriales. Cada uno posee una parte de la información. Cada uno trabaja con sus propios sistemas, indicadores, formatos y necesidades. 

El reto no es juntar todo en un único lugar. El reto es construir condiciones para que esos datos puedan generar valor compartido sin perder control, contexto ni garantías. 

Soberanía, interoperabilidad, confianza y ética: de los principios a la práctica 

Los espacios de datos se diferencian porque convierten conceptos como soberanía, interoperabilidad, confianza o ética en reglas, procesos y componentes concretos. 

Soberanía del dato significa que quien aporta información mantiene capacidad de decisión sobre sus condiciones de uso: quién puede acceder, con qué finalidad, durante cuánto tiempo, bajo qué permisos y con qué límites. En la práctica, esto se traduce en políticas de acceso, contratos de uso, permisos, trazabilidad y mecanismos de gobernanza. 

Interoperabilidad no significa solo conectar sistemas. Significa que organizaciones, datos, significados, procesos y reglas puedan entenderse. Para ello hacen falta metadatos, vocabularios comunes, catálogos, estándares, conectores, APIs y criterios compartidos. No se trata solo de que los datos viajen, sino de que mantengan su significado. 

Confianza no puede depender únicamente de la buena voluntad. Debe diseñarse. En un espacio de datos, la confianza se construye mediante identificación de participantes, roles claros, reglas de adhesión, registros de actividad, auditoría, trazabilidad, resolución de incidencias y mecanismos de cumplimiento. 

Ética del dato implica preguntarse no solo si un dato puede utilizarse, sino si debe utilizarse, para qué finalidad, con qué proporcionalidad, con qué riesgos y con qué efectos sobre las personas. En el ámbito social, esta dimensión es especialmente importante porque muchos datos se relacionan con personas en situación de vulnerabilidad, itinerarios personales, empleo, educación, bienestar o exclusión. 

Por eso, un espacio de datos no es solo tecnología. Es una forma de organizar la colaboración entre actores que necesitan compartir conocimiento sin renunciar a la protección, la responsabilidad y el control. 

Qué aporta esto a la economía de impacto 

La economía de impacto necesita capital, proyectos sólidos y alianzas. Pero también necesita infraestructuras de confianza que permitan orientar mejor los recursos. 

Los espacios de datos pueden contribuir a esa evolución en varios sentidos. Pueden mejorar la calidad de la medición, facilitando datos más trazables, comparables y conectados con los resultados. Pueden reducir parte de la fragmentación actual, permitiendo que distintas entidades, programas y financiadores trabajen con criterios más comunes. Pueden favorecer una mejor toma de decisiones, ayudando a comprender qué resultados se observan, en qué contextos, con qué perfiles y con qué grado de sostenibilidad. 

También pueden reforzar la transparencia y la rendición de cuentas, no desde una lógica burocrática, sino desde una lógica de aprendizaje compartido. 

Y pueden ayudar a combatir el riesgo de impact washing, porque una economía de impacto más madura necesita evidencias más sólidas sobre lo que realmente cambia. 

SDDI: un espacio de datos especializado en el ámbito social 

En este contexto se enmarca SDDI – Social Data Driven Impact, un espacio de datos especializado en generación, medición, gestión y comunicación del impacto social, promovido por Grupo neoCK, que busca facilitar que entidades sociales, financiadores, administraciones y otros agentes puedan avanzar hacia una medición de impacto más trazable, colaborativa e interoperable. 

Su valor no está en centralizar información, sino en crear condiciones de confianza para que los datos puedan convertirse en evidencia útil para la toma de decisiones. 

SDDI parte de una idea sencilla: el Tercer Sector y la economía de impacto ya generan mucha información valiosa, pero esa información necesita orden, contexto, trazabilidad, gobernanza e interoperabilidad para convertirse en conocimiento útil. 

El objetivo no es medir por medir. Tampoco generar más carga administrativa para las entidades. El objetivo es avanzar hacia una forma de medición más conectada con la mejora de los proyectos, la transparencia ante financiadores y la generación de aprendizaje colectivo. 

Porque el impacto no se financia mejor solo con buenas intenciones. Se financia mejor cuando existen datos capaces de ayudar a comprender qué funciona, para quién, en qué condiciones y con qué resultados. 

Medir mejor para financiar mejor 

La economía de impacto está llamada a movilizar recursos hacia soluciones capaces de responder a grandes retos sociales y ambientales. Para hacerlo bien, necesita más que capital: necesita información fiable, comparable y gobernada. 

Los datos no sustituyen el criterio profesional, la experiencia de las entidades ni la voz de las personas acompañadas. Pero pueden ayudar a ordenar mejor las preguntas, identificar patrones, detectar necesidades, mejorar intervenciones y orientar recursos hacia donde pueden generar mayor valor social. 

El futuro de la medición del impacto no será solo tecnológico. Será colaborativo, ético y gobernado. 

Y quizá ese sea uno de los grandes aportes de los espacios de datos: permitir que el dato deje de estar aislado en cada proyecto, memoria o sistema interno, y pueda convertirse en evidencia compartida para una economía de impacto más transparente, responsable y útil. 

Medir mejor no es un fin en sí mismo. Es una condición para aprender mejor, decidir mejor y financiar mejor el impacto. 

Nota: El Espacio de Datos SDDI – Social Data Driven Impact es un proyecto beneficiario de la convocatoria del Programa Espacios de Datos Sectoriales, en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, financiado por la Unión Europea – NextGenerationEU